Podemos vivir de una forma totalmente distinta, hemos puesto el enfoque fuera. En querer encajar, agradar, gustar, ser socialmente aceptado y bien valorado. Buscando mimetizarnos, adaptarnos o incluso cambiar para parecernos a lo que está considerado correcto, de moda o cool. Haciendo malabares para fingir, actuar y ser uno más del grupo o del clan.
Todo nos lleva a desarrollar un patrón de actuación, considerado una conducta de supervivencia en la sociedad actual. Queriendo tener más y más de todo, sin necesidad de la mayoría, definiéndonos por lo que llevo, por cómo visto, o qué marcas utilizo, eso me define o describe qué tipo de persona soy. Qué y cuántos amigos voy a tener o si puedo encajar inmediatamente en un grupo por el coche, el bolso o el móvil que lleve.
Estamos viviendo una mentira, un teatro en el que no somos nosotros mismos. Tal vez queramos tener un grupo en el que poder hablar abiertamente de cualquier cosa, sentir que estamos apoyados y arropados por nuestra gente. Esto no lo logramos fingiendo, lo conseguimos al ser auténticos. Al permitir que el otro me conozca como realmente soy, sin importar las apariencias. Sin albergar expectativas, siendo libre.
Cómo puedo ser libre, sencillo, siendo uno mismo. Se trata de aceptar quiénes somos, dejándonos de compararnos, o querer encajar. Desechando las máscaras que nos ocultan. Mostrando nuestra verdadera cara, faceta o esencia. Derribando ese muro que he construido a mi alrededor, para que nadie se acerque a mí, permitiendo que los demás me vean, dándole voz a mi sentir.
Dejando el autocontrol a un lado, y permitirme ser, simplemente SER. Sin florituras o adornos. Brillar, creyendo en uno mismo y en nuestras capacidades. Entendiendo que cada uno alberga un talento, una sabiduría innata, eso nos hace iguales y únicos a la vez.
Deja que tu maestro interno te guíe, te libere y te salve de esta agónica actuación. Ámate por quien eres, sin necesidad de demostrar nada. Libérate de esta prisión de apariencias y sé auténtico.