Brilla, brilla, brilla. Si no estás a gusto con lo que vives, sé honesto contigo mismo, analiza el escenario y al protagonista, es decir, a ti. Observa tu forma de ver y filtrar las cosas, la situación, tu manera de actuar ante ella, que te lleva a sentirte de esta forma.
Si sientes que estás anclado, paralizado o inmóvil, observa qué es lo que está causando este estado. Recuerda que no es nada externo lo que me bloquea, son mis pensamientos, creencias y comportamientos, los que me desestabilizan.
Si estás atravesando una etapa emocional intensa, te sientes sumergido en un torbellino sin escapatoria, ve a tu encuentro. Acepta la situación, deja de luchar con ella y contigo mismo, abraza a esa parte de ti que se siente de esa forma y hazle entender que no está solo o sola, que tú, el adulto responsable que eres ahora, está a su lado, que lo proteges, lo amas y lo acompañas en este proceso.
Háblate con amor y respeto, es momento de desechar las exigencias, críticas, dudas y juicios hacia uno mismo y el otro, nos conduce al abismo, al desgaste y al desamor. Ámate y acepta cada parte de ti plenamente. El amor nos libera, nos eleva, nos transforma y nos sana.
Trabaja en ti, contigo para ver lo que acontece desde una perspectiva comprensiva, compasiva y amorosa, hacia ti y las personas de tu entorno. Aprende a gestionar tus pensamientos, tendiendo al optimismo, quedándote con lo bueno de cada situación. Con las emociones, evita sentirte una víctima, responsabilízate de tu sentir, acepta la emoción, deja que sea, libérala. Recuerda no eres tu emoción. Tal como viene, se va, si la dejas ser.
Encuentra tu estado de paz, de calma ante cada situación, puedes hacerlo. Depende de tu elección y del trabajo diario en permanecer consciente, en el momento presente.