lA LIBERTAD ESTÁ EN TUS MANOS

Durante toda nuestra vida cargamos con un peso a nuestras espaldas y en nuestro corazón. Una carga demasiado pesada, que en incontables ocasiones nos impide avanzar o mostrar nuestra verdadera naturaleza, por miedo o inseguridades. Hay un peso, una mochila cargada de rencor, de resentimiento acumulado durante estos años, por las experiencias, que nos lleva a reprimirnos, a ocultarnos e incluso a comportarnos de una determinada forma agresiva, a la defensiva o esquivando al otro, por temor a vivir lo mismo.

Esa mochila llena de recuerdos y de dolor, nos desgasta, nos drena la energía y las ganas de vivir. Cada momento volvemos a rememorar aquella experiencia, conversación o situación que nos conduce al abismo. Sin darnos cuenta alejamos a las personas de nuestro entorno, las catalogamos como iguales al resto, y nos ponemos en modo defensa o ataque, sin ser conscientes que el otro no es nuestro enemigo.

Cada célula de nuestro cuerpo reacciona a nuestros pensamientos, si estos son de negatividad, decepción o rencor, nos llenaremos de energía densa, desequilibrada y nos sumergimos en la oscuridad, encarcelándonos en la prisión mental de la amargura, el desespero y el desaliento.

En nuestras manos está la decisión, las riendas de nuestra vida, elegir cogerlas y hacernos cargo de nuestra vida, es nuestro privilegio, es una oportunidad de liberación. Dejando de culpar al otro por cómo me siento y hacerme responsable de mi dolor, frustración o decepción.

El perdón nos hace libres, nos desenreda la maraña de la mente, soltando a las personas, experiencias o situaciones a las que nos hemos estado aferrando, para tener a quién culpar por cómo nos sentimos o por cómo es nuestra vida. Hemos de ser conscientes de este patrón mental, para responsabilizarnos de nosotros mismos.

Al permitir perdonar al otro, me estoy permitiendo perdonarme a mí mismo. Por no saber hacerlo de otra forma, por haber elegido aquella opción o camino, por no haber sido respetuoso conmigo o no amarme como me merezco.

Todo nos conduce al amor hacia nosotros, a nuestro reencuentro. Podemos elegir creer y darnos cuenta que somos libres, saliendo del influjo de la mente, del victimismo o el drama. Decidiendo dejar atrás lo que fue, y darle la bienvenida a este instante de vida, el ahora.

Libérate de la prisión mental, decide tomar las riendas, perdona todo aquello que te pese, tómate tu tiempo. Recuerda que no hay prisa, respeta tu ritmo. Perdónate y ámate, eres un ser maravilloso, digno, lleno de vida y de amor, créelo.

Dolor del pasado, ya es hora del adiós

Estamos llenos de dolor del pasado, nos impide en ocasiones avanzar, y no sabemos cómo actuar ante ello, nos asustamos y lo ocultamos. No les parece que es una mochila demasiado pesada, que ya está bien, que es momento de decir hasta aquí, ya no más. No se trata de ver de quién o qué, o de culpar, y seguir cargando con esa rabia, rencor o ira, que nos hace desfallecer. Esos sentimientos tan pesados, que nos bajan la vibración, no los sostiene la otra persona, los llevamos nosotros, como un tatuaje al que miramos de vez en cuando, para que nos recuerde el dolor que tuvimos y que aún persiste, para seguir siendo víctima y quejarnos del comportamiento del otro o de las circunstancias. Deshazte de ese peso, sólo lo llevas tú, y es hora de que te cuides, de que quieras ser libre. El perdón nos libera, el amor hacia nosotros nos sana. Esa es la gran solución, el gran misterio y la pócima mágica, «Nuestro amor es la cura». Ámate tal como eres, con tus luces y tus sombras, esas partes de ti que te has esmerado por ocultar, incluso a ti mismo, acéptalas, ámalas, integra toda tu sombra, y dale luz a esos espacios. De esta forma te das la oportunidad de vivir libre, libre del dolor acumulado, del rencor, sanar las heridas y dar carpetazo a esos ciclos, desde el amor, decir gracias y cierro porque ya toca.