Cuando nos permitimos hacer el ejercicio liberador del perdón, hemos de ser conscientes desde dónde lo hacemos. Desde el amor o el ego, hemos de evitar hacerlo desde la soberbia, como si la persona nos debiera algo, como si fuera imperfecta y errática.
Se han fijado desde dónde realizan el perdón, mirando al otro como alguien defectuoso, horrible o pobrecito, como si no fuera capaz de hacer o entender las cosas. Y ustedes se sitúan en un punto de superioridad, que han entendido la vida, siendo esto necesario para colocar ciertas cosas y poder soltar el pasado, viendo a la situación o la persona en cuestión, como alguien inferior.
El acto de perdonar, lo hacemos para poder despedirnos del dolor que llevamos arrastrando durante tanto tiempo, dejando de utilizar el recuerdo para infligirnos daño. Somos nosotros quienes traemos de vuelta una y otra vez, la situación al presente, cargándola a nuestras espaldas. Nada tiene que ver con la persona o personas involucradas, porque lo que pasó ya fue, no está aquí y ahora, salvo que lo traigamos de regreso.
Si decidimos dejar atrás ciertas cosas, situaciones y recuerdos dolorosos, hemos de ser conscientes que la persona que aparece en ellos, estaba haciendo un papel, representando un personaje, de forma inconsciente, para que cada uno entienda algo sobre su vida o sí mismo, para que se ame más, todo nos lleva al autoamor.
Vivamos este ejercicio como la oportunidad de liberarnos del pasado, de la idea que teníamos acerca de esa persona o situación, enviando luz y amor, sin creernos conocedores de la verdad absoluta. Porque les voy a contar una cosa, cada vez que creo que sé algo con certeza, se me revelan nuevas teorías y las anteriores caen por sí solas, así que cada día sé que no sé nada. Y esto nos da la posibilidad de vivir el día como nuevo, sin expectativas, ni limitaciones mentales. Es un trabajo diario, elegir vivir sin peso, sin cargas, ligeros.